El término «acoso» se utiliza en estos tiempos de forma tan amplia que el fenómeno puede parecer omnipresente mucho más allá de la adolescencia, el que se supone que es su terreno natural: el instituto, la pandilla del barrio.  La pregunta clave que habría que plantearse si el acoso laboral es, en general, un fenómeno generalizado o simplemente estamos viviendo en los tiempos del lloriqueo. El término, tradicionalmente aplicado al patio de la escuela, no siempre se ajusta al mundo de los adultos.

Siempre que personas con una posición de fuerza dentro de la empresa emprenden una campaña negativa contra alguien con menos capacidad de acción, puede tener malos resultados o incluso acabar muy mal. Las víctimas del acoso suelen ser menos productivas, menos felices y menos propensas a contribuir positivamente a la sociedad. Tienden más a consumir drogas y  a ser violentas.

Sin embargo, el acoso no se refiere a cualquier tipo de crueldad social; se trata específicamente de cuando un individuo o grupo ataca repetida y deliberadamente a una persona en una posición más débil. Los acosadores abusan continuamente de su poder para convertir la vida de su objetivo en un infierno.

Llamar a algo acoso, sin embargo, no lo convierte en tal, por supuesto, e identificar el acoso entre adultos puede ser difícil. En las escuelas, podemos distinguir claramente entre un niño que hace un comentario mezquino sobre un corte de pelo y un niño que va detrás de un objetivo todos los días en un patio del recreo o en las redes sociales. Solo este último está llevando a cabo una campaña de acoso. En el lugar de trabajo, un comentario desagradable que podría parecer un incidente aislado podría ser en realidad un comportamiento repetitivo, o no. Por ejemplo, si tu jefe te echa una bronca un día en una reunión puedes pensar si es así como habla habitualmente de ti a la dirección. ¿Podría eso explicar por qué no te han ascendido? O tal vez tu jefa sólo tenía un mal día y descargó su ira contra ti, lo cual no te consuela, pero tampoco es acoso.

Las diferencias de poder también pueden ser más difíciles de determinar entre los adultos. Los acosadores tienen un poder del que abusan y las víctimas carecen del poder que necesitan para defenderse. En las escuelas, los niños más populares son más poderosos que los menos populares. Los niños acosadores también son poderosos porque no pueden ser «despedidos» de la escuela (la expulsión es extremadamente rara hoy en día.) Así que el acosador está a salvo pero, por el contrario, el objetivo está atrapado. No se les permite simplemente dejar la escuela y la mayoría de los niños no pueden cambiarse a otra escuela.

En un lugar de trabajo, aunque la dirección tiene más poder que los trabajadores, en teoría cualquier trabajador adulto es libre de dejar cualquier trabajo en el que sea acosado. Nikola Tesla dejó de trabajar con Thomas Edison tras ser maltratado por él. Y aunque entonces no había ningún mecanismo para responsabilizar a Edison, hoy en día la legislación laboral ha logrado que por lo menos algunos jefes respondan por sus abusos a los trabajadores.

Otro factor que enturbia las aguas es que los adultos tienen más poder personal que los niños; al fin y al cabo, son adultos, con experiencia vital y mayores recursos cognitivos y emocionales. Es de suponer que pueden enfrentarse mejor al comportamiento abusivo de otros.

Todo esto podría sugerir que la idea del acoso en el lugar de trabajo es una pista falsa que sólo encubre un montón de quejas de los adultos.

No todos los adultos ni todos los lugares de trabajo tienen las características de protección descritas anteriormente. Muchos adultos son realmente incapaces de levantarse y abandonar un lugar de trabajo tóxico. Las personas que trabajan en empleos mal pagados, poco cualificados o temporales; las personas con necesidades especiales; los trabajadores con habilidades muy específicas; y otros pueden sentirse incapaces de cambiar de trabajo. Y no todos los adultos tienen la resistencia emocional que necesitarían para soportar el abuso psicológico continuado de una persona poderosa. Los trabajadores que sufrieron acoso o abusos en su infancia pueden ser especialmente vulnerables.

La clave aquí es ser críticos cuando se informa de «acoso» entre adultos en un lugar de trabajo y tener en cuenta que el comportamiento inadecuado puede ser perjudicial sin llegar a ser «acoso». Hay que definir con precisión el acoso: un compañero de trabajo que suelta un rumor desagradable sobre otra persona no es un acosador pero un jefe que constantemente humilla a un empleado en las reuniones de la empresa, sí lo es.

En la escuela aprendimos hace tiempo que el verdadero poder del acosador es el respaldo de un grupo. Sin ese respaldo, el acoso tiende a fracasar. Esto no significa que un jefe dependa de la aprobación de los demás trabajadores, pero sí que un trabajador que es el objetivo de un jefe acosador puede encontrarse más capacitado para gestionar el trabajo si cuenta con el apoyo y la amabilidad de sus compañeros.

En definitiva, la palabra acoso puede ser simplemente una distracción que evita enfrentarse al problema y buscar una solución. Lo que es más importante es promover un comportamiento profesional y unos lugares de trabajo que mejoren el bienestar de los empleados.

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