Published On: Jue, Ene 29th, 2004

Bush II, el perplejo

Desde luego, el presidente Bush no me cae simpático. No es por esa mirada
torva con la que lanza sus amenazas contra quien rompa el orden del Imperio.
Tampoco es por la antipatía que normalmente siento hacia quienes llegan a
algo a base de dinero y nombre, sin hacerse valer por lo que realmente son.
Ni siquiera creo que sea por la torpeza con que parece desenvolverse una
vez que sale de entre las dos costas.

Pero independientemente de la simpatía o antipatía que se le tenga, el César
del siglo XXI parece no entender nada de los mecanismos que hacen funcionar
el mundo cuando ese mundo no ve los live-shows de prime-time o le importa
tres pepinos lo que diga la CNN o el resultado de la superbowl.

Andaba Bush predicando la guerra antiterrorista (escoltado a derecha e
izquierda por Sharon y Tini Blair y seguido por varios acólitos menores
-con bigote algunos de ellos, mire usté-) basándose en que Irak podía
según algunas hipótesis estar desarrollando programas de armamento que en
determinadas circunstancias le permitirían en algunos años llegar a tener
armas nucleares, cuando de repente aparece Corea del Norte y dice que
abandona el Tratado de No Proliferación Nuclear y echa a los inspectores
de la Agencia Internacional de la Energía Atómica con dos patadas en el
trasero. Si Bush se creyera sus
propias palabras, se supone que eso debería haber desencadenado una
ofensiva militar inmediata y contundente contra los últimos estalinistas
del planeta. Pero no, ahora aparece la vía diplomática y ahora es cuando
aparecen las dudas. Veamos, con este panorama, la guerra contra Irak es
a) una tapadera para hacerse con los cuatro millones diarios de barriles de
petróleo que puede producir el país babilónico
b) un ejercicio táctico inducido por la industria militar norteamericana
para dar salida a los stocks de municiones y sustituirlos por nuevo
armamento más “inteligente” y muchísimo más caro
c) una vía de escape para tapar los deficientes resultados económicos
de Estados Unidos y aumentar su popularidad (así lo hizo su padre Bush I y
le salió bien la jugada)

Con este cóctel y una opinión pública sedienta de venganza por el atentado
de las Torres Gemelas que da por bueno todo lo que se haga en nombre de la
lucha contra el terrorismo, Bush pretende aparecer como un nuevo salvador del
mundo occidental y entonces aparece Corea del Norte y le dice que se deje
de estupideces, que masacrar unas docenas de palestinos a la semana o pegarle
una paliza a un país indefenso como Irak es una cosa y las guerras en serio
son otra y Bush se queda perplejo, sorprendido por que a los argentinos les
importe más el peso que Sadam Hussein, a los italianos la Fiat que se les
hunde y a cada cual lo suyo. Así que ha decidido tomar las riendas y liarse
a palos con uno flojito para que no haya mucha sangre yanqui, a ver si los
demás entendemos la lección.



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