Published On: Vie, Abr 2nd, 2004

Hecatombes


El siglo XXI ha echado a andar acompañado de hecatombes varias, algunas en el sentido actual del término y otras que hacen honor a su origen etimológico. La palabra procede del griego “hecaton” (cien) y “bous” (buey), y se inventó para designar los sacrificios de un elevado número de reses que los mortales debían ofrecer a los dioses para aplacar su cólera. Escuchamos las cifras catastróficas de bóvidos que deben ser sacrificados en cada país. Es como si la Naturaleza reclamase una reparación. Cuando se alimentaba a las vacas europeas con harinas cárnicas para que engordaran a toda velocidad y fueran muy rentables, el respeto al orden natural se sustituía por la devoción al becerro de oro. Mitologías aparte, en el fondo de este problema (y de otros que se estarán gestando por causas parecidas) no hay otra cosa que una pésima gestión de nuestro planeta. Los seres humanos pasan una temporada sobre la tierra como simples depredadores; nos mueve un incontrolado instinto de destrucción: pienso en la última hazaña, los campos de Kosovo y Bosnia regados de uranio.

Se nota un verdadero desasosiego en la opinión pública. Tan insatisfactorias resultan las explicaciones de los ministros “tranquilizantes” como las de los “irritantes”. ¿Les merece confianza el señor Trillo cuando insiste en que no pasó nada en los Balcanes, que no tiene nada que ver el uranio de las balas con los casos de cáncer contabilizados entre los soldados que andaban por allí? ¿Se fían del señor ministro de Agricultura sólo porque ha decidido predicar con el ejemplo? Los ministros no pueden hacer nada serio hasta que no se conozcan con total seguridad las causas y el alcance de estas recién estrenadas epidemias. Dependemos de las investigaciones que nos quieran remitir otros países: son el único oráculo fiable, ese que sólo se escucha cuando ya es tarde y hay alguna víctima que llorar. Porque en el caso de los riesgos del uranio ya hubo informes de parte de los médicos que se ocuparon de analizar el material bélico utilizado en la guerra del Golfo. Se habrán sentido como Casandra, que veía venir las llamas sobre Troya y nadie le hacía caso. Resulta patético ver a los gobernantes excusándose por no haber recibido informes (¿los pidieron?), por desconocer datos que sólo se facilitaron a altos mandos militares. Ya lo dejó muy claro Eurípides en sus “Troyanas”: la guerra la pierden también los vencedores. Los proyectiles que atravesaban los tanques enemigos como si fueran de mantequilla parece que han atravesado también los tejidos de los nuestros. El sofisticado instrumental del cazador se vuelve contra él mismo. El único problema es la insuperable costumbre de la guerra.

No llega al rango de las hecatombes, pero sí al de las ligerezas que ojalá no tengamos que lamentar en el futuro. El gobierno ha aprobado una nueva Ley del Menor con el fin de ponernos a tono con Europa. Los chicos de quince a dieciocho años no son adultos, pero tampoco menores inconscientes. La reinserción no se consigue devolviendo al chaval a las mismas circunstancias deplorables -el mismo barrio, el mismo hogar destruido, la misma miseria- en que cometió su delito. El Estado debe responsabilizarse de una reeducación eficaz. Ojalá se equivoquen los que ahora recelan de la reforma de esta ley.

Aurora Luque

  Aurora Luque es escritora, con varios libros y cientos de artículos y colaboraciones publicadas. Es columnista del Diario Sur de Málaga (España) y profesora de Griego. Si quiere saber más sobre esta escritora pinche aquí.



Leave a comment

XHTML: You can use these html tags: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>