Published On: Vie, Abr 16th, 2004

Lo inmaculado

Hace algún tiempo Camarón de la Isla recibió a título póstumo la Llave de Oro del Cante. En este mundo nuestro de cultura hiperpremiada, con sus abundantes cosechas anuales de premios previsibles, un galardón que se concede tan espaciadamente tiene el mérito de subrayar los quilates de la figura agraciada. Insisten en que ha habido polémica: Camarón se saltaba el reglamento (el premio no podía ser póstumo) y el estilo (el de la Isla no se atuvo a los cánones ni profundizó en las raíces del flamenco). Eso dicen los puristas, pero a veces la pureza es pobreza y es pereza. ¿Por qué no prueban a clonar a Antonio Mairena? La altura del arte de Camarón no es discutible: tantos no suelen equivocarse. Sólo una vez vi en directo a Camarón. Fue en la Malagueta, hace ya diez años. Dicen que fue una noche de las buenas. Acudí casi con escepticismo, pero puedo dar cuenta del escalofrío, de la perturbación inexplicable, de la capacidad de una voz para tocar por dentro, para pulsar fibras y filamentos enterrados. Al salir de la plaza, se formaron corros de gitanos y no gitanos desbordados que inconteniblemente cantaban “por camarón”. Creó un estilo. Si apasionó a muchos y llegó al gran público no fue desvirtuando ni haciendo concesiones degradantes al mercado: en sus tientos, en sus tangos, en sus alegrías hay siempre una voz desgarrada que dice una verdad. Abrió ventanas y entró aire fresco: Lorca y Omar Khayyam están en su sitio cuando Camarón los canta.

Si otros quieren hacerse una medalla con el brillo prestado de esta llave, allá ellos. Lo único lamentable es que José Monge no pueda recoger en persona el galardón. Siguen muriendo jóvenes aquellos a quienes los dioses aman.

Los puristas, los partidarios de lo inmaculado y de lo igual a sí mismo no descansan. Igual patean una ópera de Verdi audazmente recreada y trasladada a la España de la transición que critican las intervenciones en los edificios vetustos, aunque sean creativas y airosas, como la cúpula de vidrio y acero que el arquitecto Norman Forster ha colocado sobre el patio interior del Museo Británico de Londres. Crear es recrear: en el siglo diecisiete no remataban las catedrales iniciadas en el quince con arcaizantes pináculos góticos.

Y menos inofensivo que el purismo artístico es el purismo político, la inmaculada concepción de la política como arte de mirarse el ombligo. Luisa Fernanda Rudi declara que la Constitución no debe retocarse. Puede que ahora mismo no, pero el marco constitucional no es un marco de cemento. La constitución española, como cualquier otro producto histórico, no debería contemplarse como una ley inmutable ni como Sagrada Escritura ni como libro único: los libros sagrados han hecho padecer demasiado a los pueblos. A lo mejor en algún momento necesita retoques, ensanches, adaptaciones. La constitución no es Peter Pan: debe querer crecer. Tan nefasto puede ser sacralizar la constitución como sacralizar a Antonio Mairena. El fervor por lo inmaculado nos puede impedir que disfrutemos de los Camarones.

Aurora Luque

  Aurora Luque es escritora, con varios libros y cientos de artículos y colaboraciones publicadas. Es columnista del Diario Sur de Málaga (España) y profesora de Griego. Si quiere saber más sobre esta escritora pinche aquí.



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