Published On: Sab, Oct 2nd, 2004

El campo de los sueños

Les llaman “campos de refugiados”. Incluso se ha oído por ahí el término “campos de detención”. Los ministros de Justicia (¿?) e Interior de la Unión Europea han decidido crearlos para impedir la entrada de refugiados e inmigrantes a nuestros territorios. Me dan escalofríos esos nombres que recuerdan capítulos terribles del pasado. Tal vez sean sólo nombres. Pero la intención, de alguna manera se parece peligrosamente: aislar a los que no convienen. Deshacernos de los que molestan. Apartar a los que nos hacen ver la peor cara de nuestro mundo superior. Llamar a estos centros “campos de concentración” sería, en definitiva, más sincero.

Parece que los tremendos testimonios que nos dejó la Segunda Guerra no nos hubieran enseñado nada. Hay quienes aún se empeñan en decir que “éso no pasó” y en reiterar errores que pesarán sobre nuestra conciencia. Curiosamente, alguno de los países que se muestran encantados con la creación de los nuevos campos fue precursor en la instalación de los viejos. Y otros que los denostaban hoy se suman a la propuesta. Varias naciones europeas han manifestado su desacuerdo pero el proyecto sigue adelante. Después de tantos tiempo abogando en pro de los derechos humanos, estamos volviendo al punto de partida.

La historia se repite. Ahora los propulsores de la segregación quieren que sus casas se vean bonitas. Por eso, piden que los contenedores se instalen lejos del barrio. Marruecos, Mauritania, Libia, Argelia y Túnez serán los depósitos de aquellos desesperanzados que intentan huir de la miseria. Miseria que no existiría sin la explotación sistemática que el Primer Mundo hace del Tercero. Sin ese latrocinio largamente ejercido no habría que preocuparse por la existencia de un Primer y un Tercer Mundos. Sólo habría un mundo que organizar.

Entonces, aunque los tíos ricos del globo lo nieguen, esta invasión de pobres que tanto les incomoda es consecuencia de su historial de abusos. Podrían buscarse soluciones de verdad. Pero ellos sólo estudian cómo cerrar las puertas de la supervivencia a miles de personas. Éso y las cámaras de gas no se diferencian demasiado.

Inés Álvarez



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