Published On: Lun, Oct 11th, 2004

Demo ¿cracia?

Occidente dice considerar a la democracia como la forma de gobierno por excelencia, puesto que, se supone, si un país es democrático, sus habitantes tienen la potestad de decidir sobre las políticas que los rigen. Se supone también que, si un país es democrático, tendrá como norma no sólo defender su derecho a la libertad de elección sino también respetar las libertades, e incluso los errores, de otros países. Ahora bien, si una nación que se dice democrática se empeña en imponer por la fuerza su idea de la libertad, cabe preguntarse si es la democracia lo que dicha nación defiende. Los ejemplos de Irak y Afganistán, que no son los únicos pero sí los más recientes, ofrecen abundante material de reflexión a este respecto.

Veamos el caso de Irak: estaba sometido a los manejos de un tirano, es cierto. Pero, ¿acaso los irakíes pidieron ayuda internacional para derrocarlo? ¿no cabe ni la remota posibilidad de que ellos mismos lo hubieran logrado tarde o temprano? Y de haberlo logrado por sí solos, ¿lo habrían hecho a costa de un desastre como el que la reciente invasión ha producido? Tal vez el grado de destrucción habría sido equivalente, pero al menos sólo ellos mismos habrían sido responsables de su destino. Y algo habrían aprendido por el camino. Repasando los últimos meses de guerra, en cambio, ese pueblo sólo maldice la hora en que los paladines de la libertad irrumpieron en sus dominios. ¿Qué clase de democracia es la que se logra a base de misiles? ¿Es la defensa de un pueblo lo que persigue la ocupación? Esta liberación de los oprimidos huele mucho a petróleo.

En Afganistán, mientras tanto, se han producido por primera vez elecciones gubernamentales de apariencia democrática. Este pequeño país, por su inmejorable posición estratégica, ha sido pasto de los ambiciosos desde hace al menos dos siglos. Tironeado por el imperio de los zares, Inglaterra y la India primero; invadido por la Rusia comunista luego; acicateado finalmente por la CIA para organizar una guerra de guerrillas contra los rusos, lo que le quedó de todo ello fue una interminable guerra civil alimentada por el fanatismo religioso. La presencia estadounidense acabó de hacer añicos su territorio aduciendo que ocultaban a Bin Laden. Ahora Afganistán ha ido a votar. Pero catorce de los dieciocho candidatos al gobierno han levantado su protesta por el carácter fraudulento de las elecciones. Mientras tanto, la ONU (casi un sinónimo de EE.UU.) y Condolezza Rice (una de las mayores defensoras de la guerra de Bush en Irak) juzgan que las elecciones han sido justas. Adivinen quién quiere digitar el futuro de Afganistán. ¿Nace otra democracia al servicio de terceros?

Estos comentarios se quedan en la superficie del asunto, son insuficientes y hasta pueriles. Hay muchos más aspectos que considerar. Pero al menos, el planteo está claro: la democracia impuesta por la fuerza no es una alternativa a la dictadura, sino otra cara de la dictadura. Los países que se dicen democráticos no pueden coaccionar: deben sugerir, deben respetar los tiempos y las formas ajenos. La imposición de las propias ideas sobre las de otro es fruto de la inmadurez y la prepotencia, no de la justicia. Y si un país impone determinada forma de gobierno sobre otro, es probable que el único objetivo que persiga sea su usufructo.

Inés Álvarez



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