Published On: Sab, Oct 16th, 2004

La historia sin fin

La Comisión de Investigación del 11-M se creó para dar respuestas a nuestro país sobre el brutal golpe terrorista que sufrió la nación española recientemente. Las víctimas y sus allegados, así como la población de España en su totalidad, esperan que los miembros de la Comisión logren esclarecer definitivamente cualquier duda sobre el cómo y el por qué de este episodio que llenó de horror nuestras vidas. Con mucho pesar, sin embargo, contemplamos cómo este organismo se va desviando de su objetivo para convertirse en un circo romano donde PSOE y PP son dos modernos gladiadores que sólo buscan derribarse el uno al otro.

El objetivo central de la Comisión se va perdiendo de vista para dar lugar a un vergonzoso espectáculo de acusaciones mutuas. La tragedia que sufrimos los españoles en marzo ha sido la excusa para que el partido de Gobierno y la oposición se enzarcen en una estéril lucha por demostrar a la opinión pública quién es el niño malo de la película. A tal grado ha llegado la preocupación por desligar responsabilidades, que hasta la localidad madrileña que supuestamente albergaba la casa en la que se fabricaron los explosivos para el atentado se ha dado prisa en anunciar que dicha casa pertenece a la localidad vecina, “a varios kilómetros”.

La imagen pública de nuestros políticos, en este caos, lejos de limpiarse se va tornando cada vez más lodosa. Nadie está dispuesto a asumir las equivocaciones cometidas en torno al 11 de marzo. Como si ello borrara lo que ocurrió. Nadie es capaz de admitir que el error es inevitable para todo el que asume una tarea, que no se repara negándolo, y que se convierte en crimen si no se lo admite. Mientras tanto, el pueblo español espera. Espera que algún día cercano nuestros políticos dejen de apedrearse unos a otros y empiecen a trabajar juntos en pro de su país, que es el nuestro, aunque no lo parezca.

El 11 de marzo de 2004 significa un día de luto que España guardará para siempre. La obligación de nuestros gobiernos presente y futuros, cualquiera sea su color, es la de cerrar la puerta al peligro que este atentado abrió en el territorio español, y compartir lo aprendido con el resto del mundo. Para ello se requieren sabiduría, prudencia, habilidad política y mucha humildad para reconocer los errores cometidos y evitar que éstos entorpezcan la búsqueda de la claridad. Tomar conciencia y poner la verdad por sobre los intereses personales: ésa es la norma que la Comisión del 11-M debería adoptar para ofrecerle al pueblo español, de una vez por todas, el digno desempeño que éste le reclama.

Inés Álvarez



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