Published On: Vie, Oct 22nd, 2004

Vamos a leer

Desde niña he sentido pasión por la lectura. Recuerdo las horas pasadas viviendo las aventuras de piratas, agentes secretos, caballeros y princesas como las más hermosas de mi infancia. Yo tenía mi mundo secreto, lleno de personajes que los libros me presentaban y a los que yo otorgaba estilo, vestimenta y señas particulares a mi antojo. ¡Cuántas aventuras habré compartido y recreado luego con mis amigos! Las historias que habíamos leído se ramificaban en nuestros juegos incorporando nuevos personajes, distintos finales, más fantasía. En las tardes de lluvia nos reuníamos a contarnos los cuentos más inverosímiles que escribíamos para tales ocasiones. Al ir creciendo seguí amando los buenos relatos a los que fui sumando otros géneros: poesía, ensayo, ciencia… El arduo trabajo de contrastar ideas, comparar autores, leer entre líneas, se tornó un maravilloso desafío y un modo fascinante de conocer el mundo. No sólo leía el material obligatorio para la escuela: leer era ya una parte infaltable de mi vida cotidiana.

Creo que he sido muy afortunada pues este amor por los libros lo heredé de mi familia. Mis padres, tíos y abuelos supieron transmitirme la afición y el respeto por el arte de leer. Ellos mismos hablaban con ilusión de alguna obra que les había impresionado en especial. Para mis cumpleaños y las fiestas no faltaban libros entre mis regalos. El camino iniciado en el seno familiar se fue ampliando en el colegio y en mis estudios posteriores. Tuve la suerte de encontrar docentes que siguieron alimentando mi amistad con los libros. Ellos me enseñaron a interpretar textos, a descubrir su forma y apreciar aún más su contenido. De verdad tuve mucha suerte. Esa que les falta hoy a tantos niños y adultos que no abren un libro si no es por obligación. Y cuando es por obligación, leer se les hace un trabajo harto penoso.

Quien me esté leyendo pensará que he nacido en el Renacimiento, pero no, soy un poco más joven. Cuando nací ya existían el cine y la televisión, y los he disfrutado desde siempre, cada vez que han ofrecido espectáculos e información de calidad. Pero hay que reconocer que la imagen servida en bandeja a veces priva a la imaginación de su imprescindible vuelo.

Acabo de encontrar una reflexión del escritor Juan Mata sobre este mismo tema. En su nuevo trabajo ¿Cómo mirar a la luna? Mata alienta a padres y educadores a presentar la lectura ante los ojos del niño apelando a sus emociones, para que los jóvenes se enamoren de la lectura y descubran el riquísimo universo que ella alberga. Si los niños no leen no es porque aborrezcan la lectura: es porque no se les ha mostrado el camino hasta ella; un camino que no es fácil y que por eso mismo guarda un valor enorme: el del afecto por aquello que se ha conseguido con esfuerzo.

Inés Álvarez



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