Published On: Sab, Oct 30th, 2004

Puente hacia el infinito

Fin de semana largo. Puente de Todos los Santos. Como flores de tóxico aroma, millones de automóviles brotan en las carreteras de España. Millones de conductores lanzados al volante en busca de una felicidad de setenta y dos horas. Un puente hacia la ilusión de otra vida; en el caso de los más imprudentes, hacia la otra vida, literalmente hablando.

Coches en interminables filas despojados de toda capacidad de desplazamiento. Viajeros a ninguna parte que empiezan a habituarse a su sitio en el atasco como a una nueva morada. Tranquila, cariño, ve a tomarte un bocata con los críos mientras yo converso con el conductor de al lado. Familias organizando acampada junto a su vehículo; jóvenes tomando el sol sobre el techo del suyo, solos y solas que se atreven a entablar conversación, trabajadores que comienzan a inquietarse, atrapados en la masa inmóvil, ambulancias que no llegarán a prestar ayuda.

Va avanzando el reloj que no perdona y una sombra de inquietud se cierne sobre los rostros de los turistas. Crece la sospecha de que el tiempo pasa y con él la posibilidad del descanso esperado. El nerviosismo creciente deriva en alguna riña de autopista. Un temerario pretende colarse en sentido prohibido: el choque le hace ver que no fue oportuno. Los bebés comienzan a berrear, los niños insisten arteramente en la pregunta “¿papá, cuánto falta?”, los adultos comienzan a sentir una insoportable tensión en el cuello, frío, calor, hambre y por sobre todo, la sospecha de que hubiera sido mejor quedarse en casa.

Si alguna vez, por fin, llegan a destino, será para comprobar con decepción que ya hay que empezar a preparar el retorno. Agotados, decepcionados, nerviosos, emprenderán el regreso. Más filas, más atascos, una renovada pero siempre antigua angustia por las horas perdidas en la estéril persecución de una quimera. La fantasía del fin de semana de aventura habrá llegado a su fin. Otro sueño se habrá esfumado. De nada habrán servido viejas experiencias: querían creer que el relax los esperaba al final de la autovía y sólo habrán logrado que sus cervicales se aplasten entre sí de pura frustración. Otro puente habrá pasado. Un puente hacia el infinito espejismo del fin de semana largo.

Inés Álvarez



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