Published On: Dom, Oct 31st, 2004

Hasta la victoria, siempre

Hoy, como casi todos los domingos, millones de espectadores se sentarán a ver la transmisión de encuentros, torneos y competencias de sus deportes favoritos. No hay duda de que el fútbol será el que más adeptos cautive. El fútbol: un deporte con el que tantos disfrutan… ¿será acaso aquél en el que más gente muere?

De más está hablar de los grupos “ultra” que siembran el caos en los estadios; de los espectadores que salen heridos o muertos de los enfrentamientos entre “hinchas”. Ahora la muerte se ha empezado a perfilar como una presencia demasiado habitual entre los propios jugadores.

El miércoles último Serginho, del equipo brasileño São Caetano falleció víctima de un paro cardiorrespiratorio en pleno encuentro con el São Paulo. No es un hecho aislado sino el último hasta el momento, de una lista que aumenta en número y frecuencia por causas similares: Feher, en Portugal, el pasado enero; Foe, en Francia, en julio del año pasado; sólo una semana después, Max, en Brasil. El recuento hacia atrás es largo y arduo de enumerar. Ocasionalmente, algunos afortunados viven para contarlo, como Fadiga, del Bolton, dado de alta el 28 después de desvanecerse en un partido. Otros sólo viven con la duda, como Alfaro, del Sevilla, sometido a controles médicos la semana pasada por si acaso…

El deporte, y principalmente el fútbol, se ha convertido para unos cuantos en la gallina de los huevos de oro. Y antes que sacrificar a la gallina, algunos prefieren sacrificar la existencia. En algunos casos, la sospecha recae sobre las autoridades de los clubes, que ocultan a los jugadores los informes médicos; en otros, los propios deportistas conocen su problema pero lo arriesgan el todo por el todo con tal de no perder fama y dinero; en ambos, la avaricia rompe el saco… y la vida.

Se ha malversado tanto la esencia del deporte que ahora lo único que se persigue es ganar, ganar a toda costa. El placer de jugar, la nobleza que envuelve una competencia deportiva, el honor de dar lo mejor de sí más allá de la victoria o la derrota, han sucumbido en aras de los resultados en puntos o en billetes, que habitualmente son lo mismo. El camino del triunfo está sembrado de sobreexigencia, tensión extrema, consumo de sustancias prohibidas. El lema del deportista es “ganar o morir”. La belleza del juego ya no cuenta. “No importa los goles que le marquemos al Atlético, sino que ganemos el partido” dijo hace un par de días Di Vaio, del Valencia. “Cada jugador debe exigirse a sí mismo más de lo que está dando”, sentenció Fiore, del mismo equipo. Ganar. Aplastar al enemigo; hacerse famoso; entrar en el olimpo de los supermillonarios. Aunque la ilusión se deshaga prematuramente entre los dedos huesudos de la Parca.

Inés Álvarez



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