Published On: Vie, Dic 10th, 2004

Empieza por casa

Hoy se celebra el Día Internacional de los Derechos Humanos. En esta fecha, tristemente asistimos a las declaraciones de organismos internacionales que denuncian un grave retroceso en este campo. Ante estas observaciones es casi inevitable preguntarnos qué podemos hacer nosotros, desde nuestro humilde puesto en el mundo, para cambiar esta situación.

Si nos detenemos a pensar por un momento en todos los abusos que se cometen en el globo contra la integridad del ser humano, no podemos más que sentir escalofríos. Tratemos de hacernos una imagen aproximada de lo que puede ser, durante los segundos que corren ahora mismo, la situación de millones de personas que están pasando por bombardeos, hambre, enfermedades, carencias de todo tipo, abusos sobre sus personas en prisiones, fábricas ilegales, minas, prostíbulos… ¿No es verdad que con sólo pensar en todo ésto nos sentimos enfermos?

Consideremos ahora que un enorme porcentaje de esos seres que viven en condiciones infrahumanas soportando esos abusos son niños. ¿Habéis reparado en las frecuentes imágenes que difunden los medios sobre tantos pequeños que sufren lo indecible? ¿No os preguntáis, entre desesperados y furiosos qué clase de mundo puede permitir tantos desmanes?

A veces, por desgracia, la conciencia despierta sólo por un instante. Luego echamos un velo de amnesia sobre todo ello y volvemos a nuestra cotidianeidad y a nuestros propios asuntos como si nada de eso pasara. ¿Qué podemos hacer nosotros? solemos decir, y ya está. Sin embargo, creo que sí podemos hacer algo, y aunque no sea más que un grano de arena en la playa, ese granito de arena puede lograr, poco a poco, cambiar algo importante en nuestro enfoque.

No mencionemos siquiera la posibilidad de colaborar con organizaciones internacionales, o de aportar sumas de dinero ni jornadas de trabajo en beneficio del tercer mundo. Empecemos por las cosas que están verdaderamente al alcance de nuestra mano: ¿somos solidarios con nuestros vecinos, respetamos las normas de convivencia, somos justos con los integrantes de otros colectivos? ¿Qué les enseñamos a nuestros hijos: a ser considerados con quienes nos rodean, a tratar a todos por igual, a compartir lo que tienen con otros menos favorecidos? ¿o a actuar como gamberros, a despreciar a otros que tienen distinto color, a seguir la filosofía del “yo primero y los demás que se apañen”?

Me atrevería a decir que estos terribles problemas que hoy sufren países enteros se originaron hace muchos, muchísimos siglos en pequeñas rencillas entre vecinos, en mezquinos prejuicios de barrio, en ínfimos actos de egoísmo de los que nunca supimos despertar. Estos conflictos menores se fueron extendiendo del pueblo a la región, de la región al país, del país al mundo, hasta convertirse en tragedias. De la misma manera, empezando por nuestro alrededor, deberíamos intentar revertirlas. No por repetido es menos cierto el refrán que dice: “la caridad empieza por casa”. Aprender a tener una mirada más clara, educar a nuestros hijos en esa búsqueda de un entorno más justo, sería suficiente para empezar a cambiar nuestra pequeña parcela y pasar de ser sólo “seres” a merecer el calificativo de “humanos”.

Inés Álvarez



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