Published On: Lun, Dic 27th, 2004

La oreja equivocada

Sólo una vez me encontré encerrada por la nieve. Tuve la suerte de estar cerca de un albergue y allí debí permanecer dos días hasta que cesó el estado de alerta. Recuerdo la sensación de desconcierto que experimenté; desconcierto y temor. No podía hacer nada para cambiar el estado de cosas. Sólo podía esperar sin saber cómo evolucionaría el temporal.

Nunca viví una inundación, pero me han contado que el sentimiento frente al agua que avanza es más que terror frente al empuje líquido que lo arrastra todo: es la desesperación de no saber cuándo se detendrá, la impotencia ante una fuerza incontrolable, la desolación de ver el hogar anegado.

Mis pequeños episodios o los relatos de otros me bastan para saber que la naturaleza, esa misma que nos brinda la esperanza de un permanente renacimiento, es capaz a la vez de la mayor furia y de la más violenta destrucción. No quisiera imaginar entonces qué sentirán aquellos que en este mismo momento se están enfrentando a verdaderas emergencias en las carreteras del norte de España, o cómo atravesarán su terrible presente los que están viviendo la catástrofe del Océano Índico.

¿Qué pasará por la mente de las personas a quienes la nieve ha apresado en la A II o la A VII, encerradas en sus vehículos, adheridas a las carreteras donde los copos blancos han ido tejiendo una trampa hora tras hora, esperando el auxilio que tarda en llegar? ¿Cuántos de ellos necesitaban llegar a sus puestos de trabajo, cuántos estaban cumpliendo con un itinerario obligatorio, cuántos regresando de unas Navidades que les costó kilómetros de esfuerzos?

Presencio a través de los medios las sobrecogedoras imágenes del sudeste de Asia: monstruosas paredes de agua que se han abatido sobre las costas, miles de muertos en unas horas apenas, ciudades enteras, islas enteras, arrasadas por el empuje irrefrenable del agua y las sacudidas del suelo. Miles que han perdido a otros miles, robados de la vida en un abrir y cerrar de ojos, tanta pobre gente sumida en una miseria aún mayor… ¿Cómo se hace para soportar ésto?

Por un momento se me ocurre que las fuerzas naturales están ejerciendo una implacable venganza por lo que le estamos haciendo al mundo. Sé que es una fantasía particular, pero imagino que estas fuerzas intentan demostrarnos a los humanos que jugamos con la tierra quién manda en realidad. Está claro que, por encima de nuestras exóticas armas de destrucción masiva, de nuestras emisiones de dióxido de carbono, de nuestros desatinados esfuerzos por socavar los cimientos del planeta, la Naturaleza aún tiene la última, definitiva palabra. Pero qué angustiante es sentir que a veces la pronuncia en la oreja equivocada.

Inés Álvarez



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