Published On: Lun, Ene 3rd, 2005

Incomprensiblemente abandonados

La luz era fría y muy blanca. Le hacía daño a los ojos. Intentaba mirar a su alrededor en busca de algo que pudiera reconocer. Pero apenas podía moverse. Estaba helada. Sentía cómo se iba entumeciendo poco a poco, sólo su respiración seguía funcionando como por milagro. Recordaba haber estado un momento antes en un sitio mucho más amable, tibio, reparador. No entendía cómo había llegado hasta allí pero tenía la impresión de que alguien la había llevado. Alguien a quien conocía muy bien. Ahora se encontraba atrapada dentro de ese hueco azul de olor irreconocible.

Percibía ecos de voces no muy lejanas. Hubiera querido pedir ayuda, pero no sabía cómo. Sobre su barriga se extendía un trozo de cuerda fuerte y viscosa que había utilizado para sobrevivir, pero que ahora se estaba enfriando igual que ella. Le molestaba, pero nada podía hacer, metida en esa trampa de material extraño. La sobresaltó un estruendo. Una puerta se abría. Oyó pasos. Pudo abrir los ojos lo suficiente para ver el cuerpo enorme de una mujer frente a ella. Una exclamación, luego una voz profunda que le hablaba en un idioma extraño, unas manos tibias que se posaban sobre su cuerpo aterido y lo rescataban de la trampa. Una llamada. Ahora había también un hombre. Se quitó algo del cuello y lo enrolló alrededor de la cuerda viscosa. El hombre cogió un objeto oscuro del tamaño de su mano, un objeto que producía música, y lo acercó a la oreja. Pronunció unas palabras tensas y guardó el aparato. Se quedó mirándola fijamente.

En un instante se vio rodeada de muchas personas, todas vestidas iguales, todas hablando en voz baja pero terminante. La levantaron, cubriéndola con algo cálido y suave y la metieron en una gran caja cuadrada que se movía. Junto a ella un joven vestido de verde claro la miraba sonriente. La bajaron de la caja y entraron en un lugar lleno de personas también vestidas de verde claro. Al fin un sitio tibio. La sangre volvía a circular por sus venas. Lentamente recuperaba la movilidad. La acostaron sobre una superficie blanda y confortable. Todavía estaba asustada y se sentía horriblemente sola. Pero no se daría por vencida, lo había decidido.

En los periódicos de esa noche se pudo leer: “01-01-2005: La niña recién nacida hallada esta tarde en Zaragoza se encontraba en un cubo de fregar en el aseo de mujeres de un bar de copas de la ciudad. Una joven guineana la encontró , todavía con el cordón umbilical, tras lo que alertó a los trabajadores del local, único de la zona que ha permanecido abierto desde la pasada nochevieja. Uno de los empleados del disco-bar fue quien le ató el cordón umbilical con una cuerda que se utiliza para hacer collares. Fuentes hospitalarias confirmaron que la recién nacida se encuentra ingresada en la planta de neonatos y su estado de salud es estable”.

El año acababa de nacer, igual que ella. Como ella, el nuevo año venía curtido por una experiencia temprana y brutal. Ahora ella está esperando. Espera del año nuevo, como muchos otros, que los días por venir la traten más amablemente, que la lucha por la existencia se convierta en un territorio menos hostil, que el mundo no nos deje incomprensiblemente abandonados.

Inés Álvarez



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