Published On: Jue, Ene 6th, 2005

Los Reyes Magos

¡Ah, las caravanas de Reyes! ¡Qué fortuna inconmensurable presenciar este evento año tras año con sus ocasionales y levísimas modificaciones! Son un espectáculo que hace el bien sin mirar a quién. Aquí encuentran diversión ilimitada grandes y pequeños, simples y agudos, participantes y espectadores. Y es que las caravanas de Reyes ofrecen, en su breve paso por el año calendario, la oportunidad de desatar las reacciones más variopintas y de observar en un marco sin precedentes una amplia gama de comportamientos de que es capaz el rebaño humano.

Desde tempranas horas de la tarde bullen nerviosos los integrantes del cortejo que acompañará a los monarcas. Allí están las carrozas de oro y granate, listas para partir en dificultoso periplo. Allí están las pastorcillas y los pequeños pastores tiritando de frío en sus leves trajes, frío que se aguzará a medida que avance la noche y teñirá sus caritas de tonos morados a la par que sus dientes castañeteantes sonarán como los cascabeles de un villancico. Allí, a un lado, esperan los progenitores, orgullosos de ver cómo avanza la gripe por las narices de su prole, seguros de que los caros disfraces con que se lucirán sus descendientes bien valen una Couldina.

Allí están, por fin, los tres mágicos soberanos, resignadas autoridades del pueblo que intentan ocultar su identidad detrás de nutridas pelucas a lo Bisbal y saludan desde la cima de sus carromatos con movimientos de manos más parecidos a los de R2D2 que a los de un miembro de la oriental realeza. Su aparición arranca de la muchedumbre un clamor de alegría semejante al que despierta la aparición de la Reina de Inglaterra al asomarse a su balcón del Buckingham Palace.

Las caritas de los niños se llenan de alborozo sintiendo más cerca el cumplimiento de sus sueños. Los Reyes descienden brevemente de sus carrozas para prometer lo imposible a diestra y siniestra, total, luego son papá y mamá quienes se las verán con los peques en casa. A la pregunta de “¿Y tú qué has pedido?” ruge en su casi unanimidad la multitud infantil, presa de un maquiavélico lavado de cerebro, “¡Una Play Station, una Play Station!”. Algunos padres, estoicos héroes de la jornada, explican a sus vástagos que no conviene pedir semejante succionador de cerebros digital, que hay otros regalos más provechosos para la mente y el espíritu. Otros muchos sucumben, incapaces de controlar la tiranía parvularia que han dejado crecer en el seno de su familia.

Y aquí llega lo mejor de la cabalgata: el reparto de caramelos. Uno espera que en ese instante miles de manecitas se extiendan, ávidas de recibir los reales dulces que sus deditos apresarán con emoción. Pero, oh, sorpresa, en ese momento se lanza hacia el frente un escuadrón de venerables ancianitas y respetables señores de canas y gabán que se abalanzan con insana pasión hacia las golosinas. Atropellándose como jugadores de rugby en un partido internacional, graznando como aves de rapiña, se tironean, se empujan, se insultan y se hacen zancadillas a fin de lograr el más suculento botín. “Son para mi nietecito”, alegarán muchos de ellos ante las miradas condenatorias de padres, madres, y sobre todo, de nietecitos. Al día siguiente, en casa de más de una vecina se podrán admirar ventrudos recipientes llenos de dulces de misteriosa procedencia.

Así, luego de los fuegos artificiales y en un ambiente de exaltación general, la caravana se aleja lentamente hacia el próximo año. Las calles van quedando desiertas. Los espectadores emprenden poco a poco el regreso al calor del hogar dejando tras de sí un reguero de papeles de caramelos, algunas serpentinas y una que otra pluma, perla u orla dorada de las coronas de los Reyes. Por delante quedan todavía unas cuantas horas en que los críos -y los no tanto- soñarán con recibir el regalo tan ansiado que Melchor, Gaspar y Baltasar les han garantizado esta noche. Ese regalo que, aún no siendo exactamente el que han pedido, siempre les dejará en el espíritu el maravilloso sabor de una noche mágica.

Inés Álvarez



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