Published On: Lun, Ene 31st, 2005

El ladrón de Bagdad

Recuerdo cuánto me gustaban los cuentos de hadas y genios cuando era niña. Entre ellos, mis favoritos eran los inagotables relatos de Las mil y una noches, donde encontraba sobrado alimento para mi fantasía infantil. Aquellos cuentos estaban llenos de magos poderosos, sultanes que buscaban justicia enfrentándose a sus taimados visires, maravillosos muñecos mecánicos que simulaban bailarinas, pájaros encantados, valerosas princesas.

El escenario de muchos de aquellos relatos era la misteriosa Bagdad, ciudad de palacios lujosos y de buhoneros sabios, de califas-cigúeñas, de ingeniosas plebeyas que ascendían a reinas y de jóvenes ladrones que, luego de increíbles aventuras, se convertían en la mano derecha del príncipe. ¿Quién no recuerda aquella encantadora historia llamada, justamente, El ladrón de Bagdad, convertida más de una vez en encantadora película? ¿Quién, después de verla o leer la historia no soñaba con viajar a aquellas tierras en una alfombra voladora? Lo cierto es que la simple mención de Bagdad me hacía soñar con paraísos inalcanzables, con la tierra prometida de las ilusiones que inesperadamente podían realizarse.

Crecí, y me enteré de que Bagdad era parte de un país que poco se parecía a las mágicas historias de mi infancia. Supe que la ciudad era parte de una tierra donde mucha gente vivía sumida en una agotadora miseria, presa de la ignorancia, dominada por el terror y la violencia. Pasó el tiempo, y la suerte de la ciudad mágica no mejoró. Fue sometida a la tiranía de un dictador, primero amigo de los poderosos de otros continentes, luego declarado su peor enemigo. Bagdad sufrió la invasión y el asedio en nombre de una falsa libertad, nombre que ocultaba las ansias predatorias de un americano sediento de fama y petróleo.

Hoy la ciudad encantada de mis libros ve sus calles cercadas por hordas de fanáticos que disparan contra sus hermanos. Bagdad pertenece a un asolado Irak que intenta ir a las urnas con la ilusión de conseguir un gobernante que les procure un poco de paz. Tal vez sepan que ese jefe de Estado será sólo un pelele del americano ambicioso. Por eso muchos se han rendido y no salen a la calle. Otros igual lo intentan, atravesando una lluvia de balas, quizás para conservar una esperanza que los ayude a vivir de ahora en adelante.

Bagdad ya no es la ciudad de los cuentos. Ahora es una ruina, un recuerdo, una sombra. Bagdad es presa de otro ladrón, no de aquel romántico y valiente de los relatos árabes, sino de un vulgar e inescrupuloso ladrón que llama libertad al resultado de su saqueo. Este ladrón, que se oculta tras una máscara de libertador sempiterno, promete que seguirá y promete que seguirá “preparando” a los iraquíes. Aunque no aclara para qué. Posiblemente, para convertir su sangre en Coca-Cola.

Inés Álvarez



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