Published On: Dom, Feb 13th, 2005

Vive como quieras

Hace poco leía en alguna revista un artículo que hablaba de la necesidad que tienen muchas personas de saberlo todo sobre las vidas ajenas. Este artículo, de enfoque levemente psicológico, explicaba que dichas personas en general carecen de claros parámetros en que basar su conducta y por lo tanto buscan insaciablemente referencias en los demás.

Podemos comprobar que el síntoma descrito en la revista es harto frecuente entre nosotros, dada la cantidad de “programas del corazón” y “prensa rosa” que los medios ofrecen. Abundan las personas que viven mirando hacia afuera, los que toman como ejemplo la vida y obra de la nueva estrellita, de la vecina exitosa o del cantante de moda, los adictos al cotilleo que se suman sin dudar al lapidamiento del acusado de turno sin detenerse a pensar (¿y éso qué es?) si la actitud que critican encierra algún componente verdaderamente nocivo o levemente denostable.

Los nuevos enredados en la afilada y arbitraria lengua de los murmuradores son el Príncipe de Gales y su amada inmortal Camilla. Olvidemos los dimes y diretes que circularon alrededor de la pareja en los últimos años: ahora el asunto levanta batifondo porque los tórtolos anunciaron su casamiento después de treinta años de paciente amor. Periódicos, revistas y programas de la tele mundial abundan en minutos dedicados a fisgonear en los movimientos de las flamantes víctimas. La opinión pública británica se encuentra dividida tajantemente. Unos defienden la causa matrimonial a rajatabla; otros se oponen airadamente al casamiento, como si de él dependiera la prosperidad del reino. Por suerte existe un tercer grupo al que la cuestión le importa un bledo y que, probablemente, estén más ocupados en conocer los planes del Primer Ministro Blair para el futuro de su país.

La fiebre del rumor, que se ejerce con énfasis sobre los más conocidos pero que no deja títere con cabeza en ningún barrio, es una enfermedad peligrosa. Demasiadas veces el criticón acaba cometiendo el acto criticado y pasa velozmente al otro bando, convirtiéndose en acérrimo defensor de lo que antes condenaba. En el mejor de los casos advierte su imprudencia, entonces no se atreve a salir de casa, seguro que sus antiguos compañeros de murmuración lo harán nuevo blanco de su veneno.

Haríamos mucho bien al mundo si cada uno se ocupara de sus propios asuntos y dejáramos a los otros hacer lo que pudieran con los suyos. Hasta seríamos capaces de causar una mejora en la programación televisiva, ya que las salsas y las crónicas perderían clientela. Me vienen a la mente unas cuantas palabras célebres para cerrar esta charla, como que “el que esté libre de pecado que arroje la primera piedra”; “os digo que primero miréis la propia viga incrustada en vuestro ojo, antes de ver la paja en el ojo ajeno”, o los más prosaicos “consejo vendo y para mí no tengo” y “no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a tí”. Pero voy a escoger una que siempre me decía mi abuela:
“Mientras no molestes a tus vecinos, vive como quieras”.

Inés Álvarez



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