Published On: Lun, Feb 14th, 2005

La necesidad aguza el ingenio

El pueblo japonés me parece uno de los más dignos de admiración que conozco. Su laboriosidad, su sobriedad, su ingenio, su culto al respeto que aún no se ha perdido a pesar de la asimilación con occidente, su amabilidad natural y su capacidad para resolver problemas prácticos merecen mi completa simpatía.

Ayer volvió a suscitar mi asombro acerca de esta gente una noticia oída al pasar: un técnico agrícola japonés, considerando los problemas de espacio que existen en ese pequeño país excesivamente poblado, propuso aprovechar espacios no tradicionales para realizar cultivos destinados a la alimentación. Como primer paso, utilizó las bóvedas de un edificio bancario en desuso para crear una huerta.

Empleando potentes focos que brindan a las plantas el efecto de los rayos solares y acondicionando el suelo por medio de un sistema adecuado, este técnico logró desarrollar una huerta cuyos vegetales podrían constituir la envidia de las mejores fruterías del mundo. Para que el público verifique la calidad de sus productos, ofrece degustaciones de las hortalizas a quienes deseen acercarse a la novedosa plantación.

Pensando en los problemas que ha sufrido la agricultura española a causa de las recientes olas de frío, se me ocurre que sería interesante emular a los especialistas japoneses y crear viveros y almácigos en zonas subterráneas fuera de uso que podrían adaptarse perfectamente a tales fines. Por ejemplo, ¿por qué, en vez de rellenar el boquete del Carmel con cemento no plantamos en el hoyo unas frescas lechugas? Los vecinos podrían resarcirse de los perjuicios del derrumbe vendiéndolas en El Born. El debate que desde hace meses ocupa a Granada sobre si el futuro Metro debe ir soterrado o en superficie se resolvería si los túneles a construir se destinaran a cultivar saludables tomates. La discusión surgida en la misma ciudad sobre el futuro del edificio del Banco de España se zanjaría si sus bóvedas, igual que en Japón, se destinaran a crear huertos y vergeles donde nuestros agricultores se pudieran recuperar de las pérdidas que el aire libre ha causado en sus cosechas.

En suma, a lo mejor esta idea oriental nos enseña algo sobre los posibles usos de parcelas que nos parecen inútiles. Si no, al menos sirve para ver que, cuando se quiere, las soluciones están al alcance de la mano, y que muchas veces, si no se aguza el ingenio es porque no se sufre verdadera necesidad.



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