Published On: Jue, Feb 24th, 2005

De bueyes perdidos

Hay un refrán criollo que dice “entre bueyes no hay cornada”. Con esta expresión los habitantes de la Cuenca del Plata quieren explicar que los miembros de un determinado grupo, sociedad o facción política se cubren los chanchullos unos a otros y nunca se muestran enfrentados. Suena razonable, pero últimamente en España se está demostrando que no es así. Las recientes palabras de Manuel Fraga acerca del caso Prestige y la respuesta que Aznar le envió acompañada de bombos y platillos a través de los medios, demuestran que los bueyes ya no son solidarios con su especie.

Unos días atrás el presidente gallego lanzó la bomba. Sin anestesia, como es su costumbre, Fraga declaró que la Xunta “no siempre estuvo suficientemente apoyada” por el gobierno de Aznar durante la crisis del Prestige. Nada que no sea de dominio público, pues si hablamos con muchos gallegos o con cualquiera de los voluntarios que durante interminables semanas se pusieron hasta el cuello de chapapote intentando limpiar las costas del noroeste, obtendremos testimonio de la escasa participación de las autoridades centrales, tan necesaria en aquellos días. Sin embargo, las verdades ofenden a Josemari, quien en menos de lo que canta un gallo disparó una desgarrada contestación a las crueles palabras de Don Manuel.

El Chema hizo llegar al patriarca de Galicia una trágica misiva en la que reprochaba amargamente las injustas palabras de su ex-mentor. Yendo aún más lejos, en la carta le exigía una inmediata reparación del insulto recibido. Le recordaba a Fraga que en su momento éste había agradecido calurosamente la ayuda prestada por el gobierno pepero y en especial por Rajoy. Según el dolorido José María, él abrió las puertas de su hogar al líder gallego y durante una cena con que le obsequió, éste le había prodigado dulces palabras cuyo olvido nuestro ex-presidente le reprocha ahora cual amante desairado.

En todo ésto subyace una cuestión que excede las aparentes fracturas que el PP viene evidenciando desde tiempo atrás. Aquí el tema espinoso es la incapacidad de algunos políticos para reaccionar con clase ante las críticas, críticas que no carecen de fundamento si examinamos con cuidado los hechos que rodearon al desastre del Prestige. Lo más grave es éso: la falta de criterio demostrado nuevamente por el que fuera jefe del Gobierno Español. Lejos de proceder como se esperaría de un político que ha llegado a ocupar el máximo cargo dentro del Estado, con prudencia y buen criterio, no se conforma con darle discretamente un tironcillo de orejas al difícil de Fraga. El señor Aznar cae otra vez en el papelón deliberado. Hace pública una reprimenda que, para salvar la cara, debería haber mantenido en privado; vuelve a mostrar su terquedad de niñato obcecado, su imposibilidad de aprender de los errores y su vergonzosa intolerancia, rasgos que demasiados políticos españoles comparten y que sobran en los tiempos que corren.

En esta pequeña anécdota muchos ven el estrepitoso final de un romance. Lo que también se puede ver es que el teatro político español de hoy se ha tornado en un marujeo insoportable. Ya no sólo se buscan las cosquillas del partido contrario por un quítame allá esas pajas, sino que dentro del partido político que presume de ser el más fuerte del país, el tironeo se ejerce sin descanso y sin sentido. “Entre bueyes no hay cornada”, reza el dicho. Pero este grupo de bueyes no ha dudado en calzarse los cuernos y se darán de topetazos hasta que se rompan la crisma.

Inés Álvarez



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