Published On: Lun, Mar 14th, 2005

Hormigas argentinas

Después de la última catástrofe financiera que azotó al país y coincidiendo con una nueva oleada migratoria de latinoamericanos y africanos, miles de argentinos hemos salido a buscar en otras tierras “un lugar en el mundo”. Es difícil llegar a cualquier sitio del planeta, aún a los lugares más inesperados, y no encontrarse con algún argentino afincado allí. El espíritu viajero y la necesidad se aunaron para que el acento argentino se oiga por doquier.

En gran parte del globo los compatriotas de Maradona causamos simpatía, o al menos tolerancia. Pero no se puede negar que algunos nos ven como una sombra amenazante que se cierne sobre su tranquilo horizonte. Muchas personas, no sin razón, califican a los argentinos como pedantes, trepadores y sabelotodos. Hay quienes temen hasta nuestras virtudes, que tenerlas, las tenemos. El origen de estos miedos puede llegar a tener una raíz más biológica que psicológica. Y es que los argentinos, a los ojos de otros habitantes de la tierra, nos parecemos peligrosamente a algunas de nuestras especies animales.

Recientemente he podido leer un estudio que está llevando a cabo la Universidad de Girona (en colaboración con varios científicos de Europa y América) sobre la “Linepithema humile”, más comúnmente llamada “hormiga argentina”, originaria de los alrededores del Río Paraná y el norte de la Provincia de Buenos Aires. La humilde hormiguita argentina se ha convertido en una plaga en veinte países del mundo, desde América del Norte hasta Japón y Oceanía, pasando (y quedándose) por Europa.

Los científicos han lanzado la voz de alarma: desde el año 2002, en que se registraron las primeras señales de invasión, los insectos gauchos no han parado de ganar terreno y no se han encontrado hasta el momento métodos para frenarlos. ¿Qué efectos genera su proliferación? Según declaraciones de los estudiosos, “Las hormigas criollas suplantan por completo, con notable eficacia, a las especies locales e inciden en el ecosistema, ya que consumen granos vegetales, lo que afecta a la alimentación de otras especies animales”. ¿Cómo logran este dominio biológico? “Los hormigueros dejaron de lado sus diferencias para crear la unidad cooperativa más grande jamás descubierta”, ha declarado una investigadora suiza. “Las hormigas argentinas se agrupan en supercolonias que colaboran entre sí, no admiten peleas internas, se concentran en la reproducción y procrean una inmensa cantidad de individuos, con lo que logran desplazar a otras especies y las hacen desaparecer”.

Después de noticias como éstas, y considerando que también somos parte del reino animal, suena lógico que en muchos sitios nos miren con cara de pocos amigos. Pero permítanme que me atreva a garantizar la tranquilidad universal acerca de los humanos argentinos: no somos como nuestras hormigas. En primer lugar, no venimos a suplantar a los ejemplares autóctonos ni a apropiarnos de los recursos vitales de nadie, ni nos apasiona especialmente la reproducción. Simplemente buscamos vivir con dignidad, palabra que en nuestra patria es cada vez menos conocida. Y como creemos en la banalidad de las fronteras, sentimos que cualquier lugar del mundo puede ser nuestra casa. No para destruirla, sino para cuidarla y contribuir a su progreso.

En segundo lugar, tenemos una diferencia importante -y por cierto desafortunada- con nuestras hormigas: los argentinos somos incapaces de cooperar. No nos unimos, no colaboramos y rara vez olvidamos las peleas internas. Entre nosotros, como se dice vulgarmente, hay más caciques que indios. Y ése es el factor principal que debe ayudar a la humanidad a perdernos el miedo: por desgracia, los argentinos nunca nos uniremos en pro de ningún objetivo. Nuestra individualidad garantiza nuestra inocuidad. Habitantes del mundo, dormid tranquilos: los argentinos no somos hormigas.

Inés Álvarez



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