Hoy martes, 25 de junio, los presos del prusés han salido de la prisión madrileña de Valdemoro camino de la prisión aragonesa de Zuera, donde harán noche, y mañana llegarán a prisiones catalanas.

Si España estuviese viviendo una situación ordinaria este movimiento no tendría nada de excepcional: tiene todo el sentido del mundo que cualquier preso pueda estar en cárceles cercanas a su domicilio familiar; la pena es de privación de libertad, no de aislamiento. Pero el contexto de desgobierno en que vivimos hace que el traslado nos haga presagiar lo peor.

El antecedente es más que evidente: el hijo mayor de la banda criminal de los Pujol, condenados ya varias veces por todo tipo de fraudes y negocios turbios a la sombra del poder político del cabecilla de la banda, se mueve con total libertad a los pocos meses de su condena porque las autoridades carcelarias catalanas le han concedido por dos veces el tercer grado penitenciario. La primera vez, la fiscalía recurrió y los jueces tumbaron el tercer grado, que fue vuelto a conceder automáticamente al hijo del Pujol, otrora estandarte del nacionalismo catalán.

Hablando en román paladino, las autoridades carcelarias catalanas hacen uso de las competencias transferidas en materia penitenciaria para pasarse las sentencias de los tribunales por el arco del triunfo. Lo vienen haciendo con las sentencias en temas de educación para impedir que se enseñe en español y lo hacen con todo lo que no les parece bien en su ensoñación independentista.

Hay que ser muy tonto para dudar de que los políticos que organizaron el referendum ilegal y que estuvieron a punto de provocar una tragedia, saldrán de la cárcel en cuanto haya una sentencia.

Eso, claro, si es que no los indulta antes el PSOE, que necesita de los votos de nacionalistas de todo pelaje para mantenerse en el poder.

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